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martes, 26 de noviembre de 2024

Por que no Debes Robarle a las Almas del Purgatorio.

 


Por que no Debes Robarle a las Almas del Purgatorio.

Un buen soldado que le servia al rey Carlomagno se encontraba en pena de muerte. Llamó a su sobrino, y no teniendo más bienes que un caballo le encargó que lo vendiera después de su muerte y lo empleara el producto en hacerle sufragios, es decir en pagarle Misas. Aceptó el sobrino el cargo de cumplir la voluntad de su tío quien habiendo muerto a las pocas horas se vio lastimosamente burlado de ello aquel caballo, el joven comenzó a servirse del caballo en algunos viajes, iba por tanto dilatando la venta, pasaban meses y su conciencia se dormía hasta el punto de olvidar completamente que debía pagar las Misas por su tío disfrutando de el tranquilamente.

Cuando una noche vino a turbar su paz la voz de su tío respondiéndole por su cruel descuido porque le dijo “has violado así la obligación que te impuse y la fe que me juraste, por ti he debido padecer en el Purgatorio largos y penosos tormentos, pero por la misericordia de Dios ya estoy libre de ellos y en este instante vuelo a la Gloria Eterna.

Pero a ti por tu delito te espera una muerte próxima y después un singular castigo, y no solo por tus culpas sino también por las mías  serás castigado y pagaras por mi lo que aun me quedaría por pagar a la Divina Justicia”.

A tal intimidación desfalleció el sobrino y pensando arreglar sus cosas para la otra vida, cumplió sin más tardanza lo dispuesto por su tío, hizo todo cuanto pudo para evitar la muerte eterna de su alma, y al cabo de pocos días bajó al sepulcro conforme al pronostico que le había hecho. 

La ingratitud y la justicia para con los difuntos es muy aborrecida a los ojos de Dios que muchas veces la castiga en este y en el otro mundo.

viernes, 18 de noviembre de 2022

«Las almas del purgatorio necesitan oraciones». De las visiones de la beata Eduviges Carboni

 


El Papa Francisco reconoció en noviembre de 2018 un milagro obtenido por la intercesión de Edvige (Eduviges) Carboni , beatificada en Cerdeña meses después, y a quien Ermes Dovico consagra un reciente artículo en La Nuova Bussola Quotidiana:

Su nombre, 66 años después de su muerte y de una vida vivida en la más humilde reserva, aún es relativamente poco conocido. Basta leer su diario, escrito por obediencia a su confesor, para comprender la riqueza de los dones sobrenaturales que el Señor le concedió. Hablamos de la venerable Eduviges Carboni (1880-1952), una laica sarda de corazón sencillo y fe inmensa, proclamada beata.

Una verdadera gracia para la Iglesia, porque proponer esta alma predilecta a la imitación de los fieles será de gran ayuda para la catequesis sobre las realidades últimas y, en consecuencia, para reavivar la fe.

Eduviges se puede incluir, por derecho propio, entre las grandes místicas por los innumerables éxtasis, las apariciones de Jesús y María, los estigmas, la coronación de espinas, las revelaciones proféticas, las visiones del más allá, en particular de las almas del Purgatorio, además de numerosos santos, sobre todo San Juan Bosco y Santa Teresa del Niño Jesús, que la aconsejaban con frecuencia.

Nació en Pozzomaggiore, en la provincia de Sassari, y ya desde su nacimiento se manifestó en ella una señal celestial: una pequeña cruz, «signo de que tú, en el mundo, deberás sufrir», como siempre le decía su madre, que le transmitió una piedad cristiana viva. Cuando tenía cinco años sintió que su ángel custodio la exhortaba a consagrarse a Dios: la niña hizo voto de virginidad (“comprendí que Jesús lo quería”, recordará en su diario), que renovó varias veces. Creció tranquila y obediente, entre misas, sacramentos y momentos ante el sagrario.

Le hubiera gustado ser monja, pero renunció para asistir con dedicación a sus familiares enfermos: primero a su tía, después a su madre, su tío, su abuela, su padre, su hermano Giorgino, recibiendo a cambio, en algunos casos (como con su abuela y su hermano), sólo amarguras. Giorgino se casó con 38 años y murió repentinamente cinco meses después. Nada más llegar la noticia, Eduviges reaccionó al dolor diciendo: “Señor, hágase tu voluntad”. Y se recogió en oración.

Visiones y quemaduras

Un día, su hermano se le apareció inmerso en sufrimiento, diciéndole que había sido condenado a descontar ocho años en el Purgatorio y pidiéndole oraciones para abreviar los tiempos de su liberación. Al sincerarse con ella le apretó la mano, sacudiéndosela. La señal de la quemadura se le quedó de por vida. El inmenso amor por las almas de los difuntos, no solo de sus familiares, sino de toda la Iglesia penitente, es un rasgo peculiar de su santidad. “Ama las almas del Purgatorio, reza por ellas”, la había pedido Jesús. 

En favor de estas almas, que podía ver por bondad divina, Eduviges ofrecía oraciones, misa, sacrificios, humillaciones y dolores que aceptaba con paciencia. Participaba en la buena obra también su hermana Paolina, la sexta y la última, que la madre había confiado en particular a la hija mayor. Por esta razón, en 1929, cuando tenía ya 49 años, Eduviges dejó Cerdeña para trasladarse a Lacio con su hermana, que era maestra de escuela primaria y que cambió con frecuencia de sede. Una mañana, en julio de 1941, después de Comunión sintió que le tocaban la espalda y advirtió una voz triste que le decía: “Soy un alma que ha muerto hace pocas horas bajo los escombros. Hace pocas horas que sufro en el Purgatorio: ¡me parece que ha sido un siglo! Dios es severo, Dios es justo, Dios castiga. Reza por mí y haz que monseñor Massimi rece por mí, también Paola y también Vitalia (una buena amiga de Eduviges, ndr)”.

Otra vez se le presentó una persona que “me tocó la muñeca, que se quedó quemada. No le reconocí. Iba vestido de oficial. ‘He muerto en la guerra’, me dijo. ‘Desearía misas: haréis que monseñor Vitali las celebre para mí. Paola y tú haréis la santa comunión por mí’”. Una vez acabada esa súplica, vio reaparecer al oficial “resplandeciente” y lleno de gratitud: “Voy al Paraíso donde rezaré por vosotros, especialmente por monseñor Vitali. Soy ruso y me llamo Paolo Vischin. Mi madre me había educado en la santa religión; después, al crecer, me dejé llevar por la vida rusa, mala. En el momento de mi muerte me arrepentí, y recordé las bellas palabras que desde niño me decía mi madre. El buen Jesús me ha perdonado”. Se ve aquí la importancia de la educación cristiana como medio de salvación, verificable más de una vez en el diario de Eduviges, escrito en buena parte durante la Segunda Guerra Mundial y en un siglo en el que el nazismo y, de manera más duradera, el comunismo, rechazan radicalmente a Dios.

La inmodestia y el trabajo dominical

En mayo de 1943, viendo a Jesús sufriendo, oyó que le decían: “Hija mía… estoy triste porque veo que la mayor parte de los hombres, en sus familias, han otorgado el poder al diablo, y me han expulsado a Mí, su Creador y Dios”. Se lee con especial frecuencia también el desdén de Dios por la pérdida del pudor, las “modas inmodestas” y “escandalosas”, la participación -incluso el domingo- en espectáculos impuros en el teatro y en el cine, a los que van no sólo los adultos, sino que también “llevan a sus pequeños inocentes para destrozarles antes de tiempo viendo escenas inmodestas”, como le reveló Jesús en diciembre de 1944, lamentando también que “poquísimos son aquellos que respetan el día festivo a Mí consagrado”.

En el día de Pascua de 1943 había visto un ángel con la espada en la mano, que le explicó una visión relacionada con los pecados de la carne: “El mundo busca los placeres impuros y feos; estos, si no se limpian con el sacramento de la Confesión, serán castigados por Dios para la eternidad, porque delante del tribunal divino no se puede salvar nadie si antes no se ha limpiado de la inmundicia con una confesión, y el arrepentimiento y la promesa de no volver a sumergirse nunca más en esos sucios lodazales”.

Las visiones de Eduviges conciernen también al Infierno, donde ve caer a muchas almas por haber rechazado hasta el final la Misericordia divina, y el Paraíso, donde un ángel le mostró dos tronos preparados para ella y para su hermana, pidiéndole que perseverara “en la santa pureza, del amor de Dios y del prójimo”. Le enseñó también que la gloria eterna es proporcional a los sufrimientos padecidos en la tierra y ofrecidos al cielo, en unión con el sacrificio de Cristo, por la salvación de las almas: por ello estas, cuanto más resplandecen, más se asemejan a Jesús crucificado, abrazando con humildad la propia cruz. Especialmente “en el día de difuntos”, como testimoniará en el proceso por su causa su amiga Flora Argenti, Eduviges “veía multitud y multitud de almas que le expresaban su agradecimiento, y que le pedían que se lo expresara también a las personas que habían rezado por ellas para volar al Paraíso”. Eduviges, que también era muy humilde, mostraba la misma caridad en las necesidades materiales de los pobres, de los parados, de los prisioneros de guerra.

El poder del Rosario

Satanás la odiaba particularmente y le vejaba físicamente, no soportando sobre todo que se confiara a la protección de la Virgen María. “Tú rezas a mi enemiga -y me indicó a la Virgen. Hasta que no dejes de rezar a mi eterna enemiga, yo no te dejaré nunca en paz”, le dijo el diablo en enero de 1942. Pero la Virgen la sostenía en su lucha espiritual, vertiendo sobre ella abundantes gracias y consolándola con visiones, como cuando Eduviges la vio distribuir rosarios a muchas almas: “Hijitos míos, hijitas mías, vosotros con esta corona apagaréis el fuego que se ha difundido en casi todo el universo. Si vosotros recitáis con fe esta corona, este fuego se apagará pronto. Esta es el arma más poderosa; y arma más poderosa que esta el hombre no la encontrará. Dichas estas palabras, desapareció resplandeciendo”.

Partícipe como era de las misericordias divinas, quería que también los demás las descubrieran; por ello escribía: “Si fuese un ángel, cogería una trompeta, recorrería el océano y gritaría a todos los seres humanos: amad a Jesús, amadlo, amadlo, hombres, amad al buen Jesús, recordad que ha muerto en la cruz para salvarnos a nosotros, míseros pecadores”.

viernes, 22 de julio de 2022

Trece místicas vieron a las almas del purgatorio

 Trece místicas vieron a las almas del purgatorio

Santa Brigida, Natuzza, Santa Faustina: sus visiones tienen muchos puntos en común. Estas son las descripciones detalladas

13 místicas afirman haber visto a las almas del Purgatorio y de haber dialogado con ellas. Cuenta sus visiones Marcello Stanzione en el libro “Il Purgatorio nella visione delle mistiche” (edizioni Sugarco). Stanzione explica que el Purgatorio es un dogma de fe y que por tanto “pertenece al patrimonio inalienable del Credo de la Iglesia”. Esto es lo que ellas vieron …

1) Santa Perpetua (siglo II-III)

Perpetua sufrió el martirio en el año 203, y gracias a ella podemos saber que los primeros cristianos creían en el purgatorio y en el valor de la oración por los difuntos. Mientras esperaba su ejecución, iba contando lo que le sucedía en la cárcel:

“Pocos días después de la sentencia de nuestra condena a muerte, mientras todos rezaban, de repente en medio de la oración me salió un grito y llamé: Dinócrates. (…) Comprendí también que debía rezar por él (…) Veía a Dinócrates salir de un lugar oscuro – durante la noche, en visión – donde había muchas personas áridas y sedientas, con los vestidos sucios y palídísimas, con una herida en el rostro, como él tenía cuando murió. Era un hermano mío, que murió a los siete años consumido por un cáncer en el rostro (…) Lejos del sitio donde se encontraba, había un cubo lleno de agua, pero cuyo borde estaba mucho más alto de donde él podía llegar, y él intentaba alargarse como si intentara beber (…)”. “En el día en que permanecimos atados, en la cárcel, tuve la siguiente visión: Vi el lugar de antes, y esta vez Dinócrates, con el cuerpo lavado, bien vestido, disfrutando; donde había estado la herida había una cicatriz, y el borde del cubo estaba más bajo y llegaba ahora al ombligo del niño, él bebía sin descanso. En el borde había una copa de oro llena de agua; Dinócrates se acercó y empezó a beber de la copa de oro, y esta no se vaciaba; después de que bebió suficiente, se puso a jugar todo contento, como hacen los niños, y en ese momento me desperté y comprendí que había sido liberado de su pena”.





2) Santa Brígida de Suecia (1303-1373)

Se cuenta que un día Brígida tuvo una visión del Purgatorio y oyó la voz de un ángel que, consolando a las almas, repetía estas palabras: “Bendito sea el que, viviendo aún en la tierra, socorre con actos y buenas obras a las almas purgantes, ya que la justicia de Dios exige que sin la ayuda de los vivos, estas sean purificadas en el fuego”. Y oyó también otras voces que añadían: “Gracias sean dadas a quienes nos aportan alivio en nuestras desventuras; vuestro poder es infinito, Señor: dad el ciento por uno a nuestros benefactores, que nos llevan más rápido al umbral de vuestra luz divina”.

3) Santa Catalina de Siena (1347-1380)

Catalina, que recibió los estigmas como signo de su perfecta identificación con el Crucificado, refiere la descripción que le hace Jesús sobre el purgatorio:

“Y si te vuelves al purgatorio encontrarás allí mi dulce e inestimable Providencia hacia esas almas mediocres que perdieron el tiempo, y que ahora, separadas del cuerpo, ya no tienen tiempo para lograr méritos. A ellas yo he provisto por medio visetto, de quienes aún estáis en la vida mortal y tenéis el tiempo para ellos, y mediante la limosna y el oficio divino, junto a los ayunos y las oraciones hechas en estado de gracia, podéis abreviarles el tiempo de la pena, confiando en mi misericordia”.

4) Santa Francisca Romana (1384-1440)

Através de muchas visiones, Santa Francisca Romana pudo ver el paraíso, el infierno y también el purgatorio. Define este último como “Reino de los dolores” y lo describe como dividido en varias regiones: la superior, en la que se encuentran las almas que sufren la pena del daño, las que no pueden ver a Dios, y penas sensibles menos graves por culpas leves; aquí el Purgatorio consiste en una infinita nostalgia de Dios y de su visión beatífica.

En el purgatorio de en medio sufren las almas que tienen culpas más graves que expiar. La tercera región, la más baja, está muy cerca del infierno y llena de un fuego que penetra en los huesos y la médula, fuego que se distingue del del infierno sólo por su obra purificadora y santa. Cada una de estas regiones se divide en varias zonas en base a las culpas y las penas.

Según Francisca Romana, Dios acoge las intenciones de quienes ofrecen oraciones u obras de reparación o de penitencia en beneficio de un alma determinada, a menos que no haya motivos particulares para esas obras o las oraciones no le aprovechen.

5) Santa Teresa de Ávila (1515-1582)

Teresa consideró una de las gracias más grandes una visión en la que Dios le mostró el infierno y el puesto que se le habría reservado si hubiese continuado en la tibieza y superficialidad con que estaba viviendo la vida religiosa. Desde entonces sentía un fuego devorador por el infinito deseo de preservar a las almas de este abismo.

En su obra mística “El castillo interior”, describe el tormento que las almas del purgatorio deben sufrir a causa del ardiente deseo que tienen de la visión de Dios que aún no se les ha concedido. En este tiempo, escribe Stanzione hablando de la gran santa española, Dios “da al alma un conocimiento tan vivo de quien es realmente, que el tormento llega al punto de impulsarla a gritar. Ahora el alma no puede hacer otra cosa, aun estando acostumbrada a soportar con paciencia sus tremendos dolores, pues no siente dolor en el cuerpo, sino en su intimidad más profunda”.

“Las penas de las pobres almas del purgatorio justo de este tipo”, escribía Santa Teresa, “pues estando libres del cuerpo sufren mucho más de lo que se puede sufrir cuando se está aquí en la tierra”. “El alma se consume por una sed ardiente de la posesión de Dios, pero no puede alcanzar esta ‘agua’”.

6) Santa María Magdalena de’ Pazzi (1556-1607)

Carmelitana, tenía continuamente fatigosos éxtasis. Entre lo que vio sobre el purgatorio en sus experiencias y visiones, recuerda en especial la muerte de su hermano Alamanno.

Maria Magdalena, recuerda Stanzione, “estaba descansando con algunas hermanas en el jardín del monasterio. De repente cayó en éxtasis y se puso a gritar: ‘Sí, estoy dispuesta a venir». Con estas palabras, cuyo significado no comprendieron sus hermanas, la santa comunicaba su disposición a seguir a su ángel guardián en un viaje a través del purgatorio».

“¡Oh pobre hermano mío, cuánto debes sufrir! ¡Pero consuélate! Sabes que estas penas te abren el camino a la bienaventuranza eterna!”, dijo cuando vio el alma de su hermano difunto. Prosiguió: “’Yo veo que no estás triste, porque soportas penas, que son tremendas, ¡pero de buen grado y feliz! Cuando estabas en este mundo no quisiste escuchar cuando te advertía y te aconsejaba. Ahora, deseas que yo te escuche. ¿Qué quieres de mí?’. Él le pidió un determinado número de misas y santas comuniones”.

7) Santa Margarita María Alacoque (1647-1690)

“Mientras estaba ante el Santísimo el día del Corpus Domini – se lee en sus escritos  – de repente se me presentó delante una persona envuelta en llamas, cuyos ardores penetraron tan fuertemente que me parecía arder con ella. El piadoso estado en el que me hizo ver que se hallaba en el purgatorio, me hizo derramar muchas lágrimas. Me dijo que era ese religioso benedictino que una vez escuchó mi confesión y me ordenó que comulgara; para compensarlo por tan útil consejo, Dios le permitió dirigirse a mi, para que le aliviase sus penas, pidiéndome durante tres meses estar en todo lo que hiciera o sufriera”.

“Me sería difícil contar cuánto sufrí en esos tres meses. No me dejaba nunca, y me parecía tener el lado en que él estaba, envuelto en una llama de fuego, con dolores tan agudos que yo gemía y lloraba casi continuamente”. “Al final de los tres meses volví a verlo bien distinto: lleno de alegría y rodeado de gloria, se iba a gozar la felicidad eterna; dándome las gracias, me dijo que me protegería ante Dios. Yo estaba enferma. pero como mi enfermedad desapareció con la suya, sané en seguida”.

8) Santa Francisca Cabrini (1850-1917)

La santa tenía un afecto particular por las almas de los fieles en purgatorio. En las apariciones de las almas purgantes hubo también testimonios de reconocimiento y de devolución de favores por parte de ellas. Tras la muerte de un monseñor, al acercarse un día la santa a la comunión en sufragio suyo: lo vio delante diciéndole: “Esta santa Comunión la harás por mí”. Durante un mes se repitió en sus oídos la misma petición, y al final del mes lo vio sonriente y le escuchó decir: “Ahora basta, te doy las gracias; hasta ahora me has ayudado, a partir de ahora te ayudaré yo”.

9) Santa Faustina Kowalska (1905-1938)

Durante la convalecencia de una enfermedad, Santa Faustina recuerda haber pedido a Jesús: “¿Por quién tengo que rezar?”. “Jesús me respondió que me lo diría la noche siguiente. Vi al Ángel de la Guarda, que me ordenó seguirle. En un momento me encontré en un lugar nublado, lleno de fuego, y en él una muchedumbre enorme de almas sufrientes. Estas almas rezan con gran fervor, pero sin eficacia para sí mismas: sólo nosotros podemos ayudarlas. (…) Pregunté a esas almas cuál era su mayor tormento. Y unánimemente me respondieron que su mayor tormento es el ardiente deseo de Dios”. “Vi a la Virgen que visitaba a las almas del purgatorio. Las almas llaman a María ‘Estrella del Mar’. Ella les da alivio”. “Oí dentro de mi una voz que decía: ‘Mi Misericordia no quiere esto, pero lo exige la justicia’. Desde entonces estoy más cerca de las almas sufrientes del purgatorio”.

10) Beata Catalina Emmerick (1774-1824)

Monja agustina alemana que recibió los estigmas, tenía particular dedicación a las almas del purgatorio, de cuyas numerosas apariciones hizo informes detallados, in base alle quali le anime prendono parte reciproca al loro stato e provano consolazione e gioia, se alcune di loro vengono liberate o giungono a gradi meno dolorosi di purificazione. Le anime che si trovano già nel più alto grado, ottengono da Dio la libertà di manifestare il loro amore apparendo, per consolarle, a quelle che soffrono ancora le pene più gravi, o a persone devote ancora vive.

Vide anche gli angeli condurre dal Purgatorio al Paradiso le anime, le cui figure grigie, man mano che ascendevano, diventavano più chiare e splendenti, finché entravano a far parte della beatitudine in tutta la loro gloria.

11) Sor Úrsula Benincasa (1547-1608)

Fundadora de la Orden de las Teatinas, recibió los estigmas dos años antes de morir, pero desde joven tuvo conatos de éxtasis. Tuvo gran devoción por las almas del Purgatorio y a veces tomo sobre sí sus penas.

Se cuenta un episodio que sucedió cuando asistía a su hermana Cristina que iba a morir. La venerable se dio cuenta de que la hermana sentía un terrible miedo al purgatorio. Para consolarla y liberarla de aquella angustia, Úrsula pidió a Dios que le condonara a la moribunda las penas del purgatorio y la hiciera sufrir a ella en su lugar. El Señor acogió su oración y Cristina se libró en seguida de los tormentos y del miedo, muriendo serenamente. Úrsula, en cambio, tuvo inmediatamente grandes dolores que no la abandonaron hasta su muerte.

12) Maria Simma (1915-2004)

Durante muchos años, los libros de Maria Simma sobre el purgatorio fueron auténticos best-seller de la literatura religiosa. Consideraba que Dios quería que ella ayudara a las almas del purgatorio con la oración, el sufrimiento expiatorio y el apostolado.

Ya desde la infancia ayudaba a las almas del purgatorio con oraciones, ganándoles indulgencias. A partir de 1940, las almas del purgatorio venían a veces a pedirle que rezara por ellas. El día de Todos los Santos de 1953, María empezó a ayudar a los difuntos con sufrimientos expiatorios. Durante la semana que sigue a la fiesta, parece que las almas reciben gracias por intercesión de la Virgen. El mes de noviembre parece ser para ellas un tiempo de gracias particularmente abundantes.

13) Natuzza Evolo (1924-2009)

Esta mística italiana recibía apariciones de los difuntos, que hablaban con ella y le confirmaban la existencia del purgatorio, del paraíso y del infierno.

Para ella, el purgatorio no es un sitio particular, sino un estado interior del alma, que hace penitencia “en los mismos lugares terrenos donde vivió y pecó”, incluso en la casa donde vivía. A veces las almas hacen su purgatorio en las iglesias, cuando superan la fase de mayor expiación. Natuzza subraya a menudo la importancia de las oraciones y sufragios por las almas del purgatorio y sobre todo la celebración de las misas, subrayando así el valor infinito de la sangre de Cristo.

Natuzza, escribe Stanzione, “invita a tener un profundo sentido del pecado. Una de las grandes desgracias de hoy es precisamente la pérdida del sentido de pecado. Las almas purgantes son cada vez más. Esto muestra la misericordia de Dios, que salva a los más posibles”.


jueves, 16 de junio de 2022

Un monje pide misas desde el Purgatorio

 



Dentro de los testimonios de apariciones de Almas del Purgatorio, se encuentra la de un Monje que hacía mucho tiempo que estaba en el Purgatorio y que se aparece para pedir sólo una Misa para ser liberado. Hace muchos años en Messina, Italia, hubo una gran terremoto en el que muchas personas perdieron la vida; a causa del terremoto, se derrumbó casi toda la ciudad, quedando solo intacta un único edificio grande, la Catedral. Unos años después del terremoto, había un sacerdote devoto y piadoso que quería ver la Catedral y lo que quedaba en la Ciudad, así que viajó muchos kilómetros hasta que al fin pudo llegar a la Iglesia, pidiéndole al custodio que abriera la puerta para poder mirar y orar. Después de pasar mucho tiempo admirando las estatuas y las pinturas sagradas que había en las paredes, se fue a rezar delante de la estatua de la Santísima Virgen María, que estaba en el lado derecho del altar. Después de rezar allí por un tiempo, el cansancio del viaje lo venció y se quedo dormido. Cuando despertó, miró hacia la ventana y notó que estaba empezando a oscurecer, entonces trató de abrir la puerta principal pero estaba cerrada con llave, trató de abrir las otras puertas pero vio que también estaban cerradas. Empezó a golpear la puerta y a gritar que alguien lo ayudara, pero no había nadie que lo ayudara. El custodio se había ido a su casa pensando que el Sacerdote ya se había ido. No había casas cerca de la Catedral porque ya habían sido destruidas y estaban deshabitadas debido al terremoto que había ocurrido hacía tiempo. Cuando estaba ya totalmente oscuro, se dio cuenta que iba a tener que dormir en la Iglesia toda la noche. Vio a su alrededor y acercó una silla pasar la noche. El sacerdote cerró la puerta del confesionario y trató de dormir, pero estaba inquieto porque estaba solo en esa Iglesia oscura, y porque la silla también era incómoda. Además de eso, no podía dormir, ni siquiera por un minuto, porque la campana de la torre de la Iglesia sonaba cada quince minutos. Después de que la campana sonó por la media noche, oyó un ruido, se levantó de su silla y asombrado vio el altar de la Iglesia rodeado por una luz misteriosa. Cerca del altar, había una pared que tenía un nicho en la pared, y en ese lugar había un monje con su capucha sobre la cabeza. El monje caminó hacia el frente del altar y dijo en voz alta:

-“¡Hay un sacerdote aquí, que celebre una Misa por mi alma que sufre en el Purgatorio!”. El sacerdote se asustó e inmediatamente se sentó en silencio en su silla. Entonces oyó los pasos del monje que caminaba lentamente hacia el confesionario y se detuvo por un momento. El sacerdote miró fuera del confesionario y vio el rostro del monje, era una cara de muerto. Y entonces oyó de nuevo los pasos del monje en el mármol de la Iglesia. Más tarde, mientras el sacerdote estaba sentado en su silla y rezando, oyó el sonido de las campanas dos veces, significado que ahora eran ya las dos de la mañana. Entonces fue de nuevo al altar y vio que se iluminó, y el monje salir del nicho del muro repitiendo nuevamente: -“¡Hay un sacerdote aquí, que celebre una Misa por mi alma que sufre en el Purgatorio!” El sacerdote todavía asustado, no dijo nada y otra vez la Iglesia se oscureció. Más tarde, el Sacerdote estaba rezando su Rosario. Le pidió a la Santísima Virgen Madre de Dios, que le diera valor.
Oyó las campanas golpear tres veces, lo que significaba que eran las tres de la mañana. Y el monje volvió a salir otra vez y dijo nuevamente:
“¡Hay algún sacerdote aquí, que celebre una Misa por mi alma que está sufriendo en el Purgatorio!”. Pero esta vez el Sacerdote si salió del confesionario y dijo: “Si, yo lo haré”. El Sacerdote se dirigió al altar y encontró todo preparado para la Misa, se puso la vestimenta y ofreció la Misa por la intención por el reposo del alma del monje. Después de terminar la Misa, oyó una voz que provenía de la pared lateral, que decía esa voz: “No puedo agradecerte lo suficiente por lo que has hecho por mí. Durante 145 años he venido aquí pidiendo a alguien que me ayude. Esta noche estaré en el Cielo por tu Misa y tu acto de caridad. Por la Gracia de Dios te mostraré mi agradecimiento advirtiéndote cuando se acerque tu propia muerte”. Y entonces hubo un silencio y la Iglesia se oscureció de nuevo. El sacerdote se acercó hasta el altar donde estaba la Santísima Virgen Madre de Dios. Se sentó apoyando la cabeza contra la pared y pronto se quedo dormido. Al día siguiente temprano en la mañana, lo despertó el custodio cuando abrió la puerta de la Iglesia. El custodio se sorprendió al encontrar al sacerdote todavía en la Iglesia y le pidió disculpas por haberlo encerrado accidentalmente en la Iglesia. El sacerdote regresó a su casa, y le contó a tres de sus amigos íntimos lo que había sucedido, pero ellos no le creyeron, le dijeron que debía ser un sueño, pero el insistió en que estaba diciendo la verdad. Después de unos años el Sacerdote llamó a sus tres amigos y les dijo que iba de viaje. Le preguntaron: ¿Cuándo vas a regresar? Y él dijo: “Nunca”. Les recordó como el monje le había prometido que le revelaría el día de su muerte tres días antes. Sus amigos no le creyeron y tomaron a broma lo que les decía, porque el sacerdote estaba en perfecto estado de salud y todavía era joven. Pero el sacerdote les dijo que el asunto era muy serio y por eso esa noche hizo una buena confesión sacramental. Tres días después, cuando no venia a decir la Misa en la mañana, el sacristán fue a su habitación y lo encontró muerto. Había muerto en el sueño, con lo cual se demostró que lo que el monje del Purgatorio le había dicho era cierto, que él lo ayudaría avisándole tres días antes de su muerte, para que pudiera hacer una buena confesión y así salvar su alma. Años más tarde, cuando empezaron a restaurar la Iglesia, encontraron en el nicho de la pared cerca del altar un esqueleto de monje con capote y capucha marrón. La misma descripción de la ropa que el Sacerdote les había contado años antes. En conclusión, seamos como este santo sacerdote, que rezó por el Alma del monje que estaba en el Purgatorio, hagamos celebrar Misas por los que han fallecido, especialmente por los sacerdotes, hermanos y religiosos, porque necesitan nuestra ayuda. Muchos esperan años para que nosotros simplemente ofrezcamos una Misa por ellos y recordemos que “rezar por vivos y difuntos” es una obra de misericordia espiritual que abre las puertas del Cielo.

 

 

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